“Hace pocos días, encontrándome en una gran ciudad, tropecé con algunos acaparadores de volumen nacional que me hablaron mal de Carceller […] se pasaban el índice por el cuello”. El escritor y periodista ampurdanés Josep Pla incluía esta discreta anécdota en una carta abierta publicada a finales de noviembre de 1940 en Destino. Comenzaba la larga posguerra española en la que, bajo la retórica oficial de “la Paz”, campaban la represión y una escasez abrumadora de alimentos básicos para el conjunto de la población, mientras grandes estraperlistas (“acaparadores”) de dentro o en los márgenes del nuevo Estado prosperaban al socaire de un desabastecimiento agravado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial en el resto de Europa.

Este era el escenario cuando Josep Pla hacía públicas estas palabras que prometían ser un futuro ensayo biográfico sobre el amigo al que Franco acababa de designar ministro de Industria y Comercio: Demetrio Carceller. Como tal, tendría en sus manos “la dirección de la vida material del país” (entre otras, la política de abastos) y de ahí el efecto de contrapunto esperanzador buscado al referir la animadversión con la que los denostados estraperlistas de la época habían recibido supuestamente su nombramiento.
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