El hidrógeno se ha convertido en una verdadera fuente de posibilidades. Sus bondades abarcan desde la disminución del dióxido de carbono hasta el abaratamiento en sus costes de producción, pero, sin duda, lo que hace que este elemento químico se haya posicionado como una de las energías más favorables es el abanico de posibilidades que ofrece a la hora de ser empleado. Existe incluso toda una gama de colores (gris, azul, amarillo…) según su funcionalidad que está permitiendo a la industria avanzar notablemente.

Sin embargo, si hay un tipo de hidrógeno que está suscitando especial interés es el verde. Su producción resulta de energías renovables, caracterizadas por su baja contaminación, lo que está abriendo un sinfín de puertas a las cadenas de producción, especialmente de aquellas que se sirven de la más puntera tecnología.

La nula emisión de CO2 de la producción de hidrógeno verde lo sitúa por encima del resto de energías de su misma familia, solo que el sistema de almacenamiento que requiere es aún demasiado elevado. Ello supone un alto coste que se refleja en el precio final de las energías renovables, de ahí que sea una absoluta necesidad el abaratamiento de la tecnología necesaria para su electrolisis, o lo que es lo mismo, su producción.

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