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06 de Octubre de 2022 | Categoría: Actualidad
La convulsión que atraviesan los mercados energéticos, agudizada por la guerra de Ucrania y las consiguientes sanciones a Rusia como principal proveedor de la Unión Europea de hidrocarburos ─gas principalmente─ nos conduce, inexorablemente, a una crisis en nuestra cadena de producción de duración indefinida. Los países europeos tenemos la obligación de resolver este nuevo desafío, el cual presenta, entre otras difíciles características de gestión, un nivel de incertidumbre que parece que ha venido para quedarse.
El plan lanzado en marzo por la Comisión Europea bajo el nombre REPowerEU pone de manifiesto que, tras la invasión de Ucrania, “la necesidad de una rápida transición hacia una energía limpia nunca ha sido más fuerte y clara”. Y para hacer frente a dicho desafío, una de las medidas clave que establece es duplicar la meta del paquete Fit for 55 para el biometano, estableciendo un nuevo objetivo de producción de 35 bcm (35.000 millones de metros cúbicos) de aquí a 2030, resaltando la importancia que para el cumplimiento de este objetivo tiene una “concesión de permisos más rápida”. Sinceramente, creo que es difícil que el mensaje de la Comisión Europea a los estados miembros sea más claro.
En este sentido, una de las medidas imprescindibles para cumplir con este mandato es optimizar la generación de biogás a partir de los residuos para su valorización y conversión en biometano como gas natural renovable. El potencial es enorme, y muy en particular, con los residuos procedentes de la recogida selectiva orgánica, una fracción considerada prioritaria desde 2015, cuando se adoptó el primer Plan de Acción de Economía Circular de la UE. Los biorresiduos suponen entre el 30 y 40% de la totalidad de los desechos urbanos. En algunas instalaciones, se aprovechan, desde hace años, para producir tanto electricidad como calor, aunque su principal uso, históricamente, consiste en la producción de compost y otros nutrientes para suelos agrícolas tras un proceso de separación de elementos no biológicos, como son los envases y otras impurezas. Además, en aquellas zonas en las que la recogida selectiva aún no está plenamente implantada, o cuando no existen las instalaciones de tratamiento adecuadas, una gran parte de la fracción orgánica de los residuos es transformada en lo que conocemos como bioestabilizado y, a menudo, utilizada como material de cubrimiento en los vertederos, una práctica que en absoluto contribuye a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, la mejora de nuestra huella de carbono, la descarbonización de nuestra economía o la creación de empleo verde.
Junto a la producción de compost, una vía óptima para avanzar sustancialmente hacia estos objetivos tan fundamentales radica en la biometanización, es decir, la transformación de los biorresiduos en biogás mediante la digestión anaerobia, un proceso por el que los microorganismos descomponen el material biodegradable en ausencia de oxígeno, generando diversos gases, entre los cuales el metano es el más abundante, pero que también incorpora dióxido de carbono y otros. Este biogás, cuando es sometido a un proceso de purificación o limpieza ─denominado upgrading, y que es mucho más eficaz que el proceso de generación eléctrica, por la propia naturaleza del proceso-─ se transforma en biometano, un gas equivalente energéticamente al gas natural, pero en este caso con un origen renovable y no fósil. En definitiva, una fuente de energía limpia, perfectamente disponible para ser inyectada en la red gasista y utilizado en hogares e industrias, o bien como combustible renovable para vehículos.
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