Cuando el pasado mes de marzo los ministros de Energía y Transporte de los países miembros de la UE, reunidos en Bruselas, aprobaban finalmente el reglamento que prohibirá matricular coches con motor de combustión en el territorio comunitario a partir del 1 de enero de 2035, el acuerdo incluía una exención de última hora, impulsada principalmente por Alemania, a la norma que se había venido formulando desde hacía meses para imponer una reducción del 100% en las emisiones de CO₂ a partir de esa fecha. Pues de esa prohibición definitiva se dejaba fuera a los vehículos que funcionen exclusivamente con combustibles sintéticos, o e-fuels, ya que estos se producen mediante una tecnología neutral en carbono, de manera que las emisiones medidas en el escape de los vehículos se compensarían con la captura previa del CO₂ necesario para su producción.
Porque esos nuevos hidrocarburos sintéticos se crean, básicamente, utilizando la electricidad limpia procedente de fuentes renovables como la energía solar o la fotovoltaica, y a partir de agua y dióxido de carbono (CO₂), ya que en una primera fase se divide el agua en sus elementos constituyentes (hidrógeno y oxígeno), tras lo cual se libera el oxígeno a la atmósfera, como si de un árbol sintético se tratara. En cambio, el hidrógeno se retiene para combinarlo con el CO₂ atmosférico, generando el metanol que, finalmente, se convierte en un combustible neutral en carbono, y cuyas propiedades en cuestión de rendimiento son muy similares a las del carburante tradicional de origen fósil.

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